El achoramiento: una interpretación sociológica Serie: Apuntes de Estudio No. 38 © Universidad del Pacífico Centro de Investigación Avenida Salaverry 2020 Lima 11, Perú EL ACHORAMIENTO: UNA INTERPRETACIÓN SOCIOLÓGICA Oswaldo Medina 1a. edición: junio 2000, febrero 2001 Diseño de la carátula: Ícono Comunicadores I.S.B.N.: 9972-603-34-2 BUP-CENDI Medina García, Oswaldo El achoramiento: una interpretación sociológica. – Lima : Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, 2001. – (Apuntes de Estudio) ; 38. /COMPORTAMIENTO SOCIAL/ACTITUDES/PODER/PSICOLOGÍA SOCIAL/CAMBIO SOCIAL/ESTRATIFICACIÓN SOCIAL/SOCIO- LOGÍA/INVESTIGACIÓN SOCIAL/MEDIO SOCIAL/ESTUDIOS DE CASOS/PERÚ/ 301.154(85) (CDU) Miembro de la Asociación Peruana de Editoriales Universitarias y de Escuelas Superiores (APESU) y miembro de la Asociación de Editoriales Universitarias de América Latina y el Caribe (EULAC). El Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico no se solidariza necesariamente con el contenido de los trabajos que publica. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso de la Universidad del Pacífico. Derechos reservados conforme a Ley. Índice Presentación ....................................................................................9 I. Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social.........................................................................11 II. La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social.........................................................................33 III. Contrastaciones empíricas del concepto de “achoramiento” ....................................................................51 Bibliografía ...................................................................................71 Presentación Resulta motivador, aunque no sencillo, presentar un texto interesante no sólo por su autor, en este caso amigo entrañable, sino también por su contenido: el achoramiento, fenómeno social espeluznante y vomitivo que corroe a la sociedad peruana en su conjunto, puesto que ha sentado sus reales en gobernantes y gobernados, en creyentes y no creyentes, en pobres y ricos, en personas e instituciones. Nadie es ajeno a algún grado de achoramiento, aun cuando nadie admite que forma parte de su conducta y todos lo rechazan y se sienten libres de él. En esta presentación desecho ex profeso el camino de resumir el contenido o de citar una relación de los temas y subtemas desarrollados por Oswaldo; ésta es tarea del lector. Opto por aprovechar la oportunidad para proponer una brevísima reflexión en torno del concepto mismo de achoramiento, reflexión que en modo alguno compromete al autor de la publicación que presento. Sostener que los términos “achoramiento” y “achorado” han adquirido ciudadanía académica en el Perú no es una exageración. Los investigadores y los analistas de la realidad peruana usan esos términos en lugar de “anomia” y “anómico”, clásicos y universales términos sociológicos. Sin embargo, desde mi punto de vista, achoramiento y anomia, achorado y anómico, no son sinónimos, sino que existe un matiz sobre el que vale la pena llamar la atención. Los clásicos términos anomia y anómico, en cualquier tratado o diccionario -especializado o no-, encierran el concepto de ruptura de las normas establecidas en una sociedad determinada. Ello supone admitir la existencia de “normas” y la conciencia de culpa por su quebrantamiento; es decir que se acepta la existencia de una moral cuyo quebrantamiento es malo y, por ello, 10 Apuntes de Estudio la anomia no es propuesta como patrón de conducta, ni como modelo de hacer bien o moralmente las cosas. Los términos “achoramiento” y “achorado” (de origen delincuencial: choro es el ladrón) añaden especificidad conceptual, pues suponen “amoralidad”, alarde, insolencia, prepotencia, desprecio absoluto por el otro. La única medida de lo bueno y lo malo es el “yo”. Con su conducta el achorado dice: “¡hago esto así porque me da la gana y qué!” Más aún, el yo se transforma en medida única de lo bueno y lo malo, “el otro” carece de todo valor; los valores morales no existen, lo único que vale es el éxito personal, sobre todo y sobre todos; de allí que el “achoramiento” deviene en “modelo” para el éxito. Ello explica que, en el Perú, un funcionario público que no roba sea considerado por la sociedad no una “persona honrada”, sino un “tonto” o, con más precisión, un “c.....” que no sabe aprovechar la oportunidad que se le presenta. Asimismo, ello permite explicar por qué un chofer de “combi” “mete carro” y atropella reglas de tránsito, personas y otros transportes, con tal de ganar un pasajero. Lo mismo sucede cuando para ser eficaz (que no es lo mismo que eficiente) o conseguir lo que le interesa, un Presidente de la República no se detiene ante nada y alardea de transgredir la Constitución burdamente o mediante “legalismos”. Por lo tanto, salir de la amoralidad del achoramiento es una tarea costosa y de largo plazo -cinco o seis generaciones- porque requiere la creación de patrones morales, y que éstos se transformen en comportamiento cotidiano. Para poder lograrlo, es requisito indispensable un religioso e inquebrantable respeto al “otro”. Anhelo que El achoramiento: una interpretación sociológica contribuya a este caminar contracorriente. Luis Cueva Sánchez I Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 12 1. Presentación La alternancia recurrente, en la economía peruana, entre períodos de crecimien- to y de contracción productiva es un fenómeno al que economistas e historiado- res han dedicado numerosos y profusos estudios. Comparativamente menor ha sido el interés por investigar la incidencia de estos ciclos sobre los procesos de ascenso o descenso de los grupos o clases en la estructura social. Entre los pocos teóricos que han abordado el estudio de la estratificación so- cial en el Perú contemporáneo, quizás sea Carlos Delgado 3 el que más ha con- tribuido a la comprensión de esta problemática. Su aporte puede adscribirse principalmente a la investigación de los mecanismos de la movilidad social en el Perú. 1. El autor agradece a los profesores Felipe Portocarrero, Fernando Fuenzalida, Javier Zorri- lla y Raúl Valenzuela por la lectura y los comentarios que realizaron a esta publicación. 2 Artículo publicado en la revista Apuntes 34, primer semestre 1994, Lima: CIUP. 3. Delgado, Carlos, Ejercicio sociológico sobre el arribismo en el Perú, Lima: Insti- tuto de Estudios Peruanos, 1971. 12 Apuntes de Estudio "Arribismo": tal fue el término que introdujo en la sociología para designar a la peculiar modalidad que adopta en el Perú la búsqueda del éxito social. Es éste precisamente el tema al que está dedicado el presente ensayo. Veinte años han transcurrido desde que fuera dada a conocer esta hipótesis. Durante este lapso, muchos y muy importantes cambios han sobrevenido en el Perú. La sociología del conocimiento nos ha revelado, con hallazgos y argumentos sumamente convincentes, que el quehacer intelectual es en muchos sentidos una actividad dependiente de los factores sociales, económicos y políticos imperan- tes en una época y sociedad determinadas. Siempre se teoriza a partir de un complejo de condiciones socioculturales dadas, de carácter ineludible que dejan su impronta sobre la obra. No por ello, sin embargo, el teórico queda reducido al papel de una función puramente pasiva. La teorización, aunque difícilmente puede desasirse de las circunstancias históricas en las que se lleva a cabo, en cierto modo las trasciende mediante las operaciones de abstracción, idealización y formalización, que permiten formular generalizaciones cuya validez pretende ir más allá de las condiciones históricas en las que tal teorización se originó. De aquí derivamos los objetivos principales que perseguimos en este ensayo, a saber: primero, discutir la consistencia teórica del planteamiento en torno del arribismo; y, segundo, contrastar esta tesis con algunos casos empíricos, con el fin de calibrar su capacidad explicativa respecto de las condiciones y variacio- nes sociales, económicas y políticas que presenta el Perú en la actualidad. Vamos a considerar las teorías como sistemas simbólicos abiertos, susceptibles de ser verificados o falsificados, en la medida en que se consideran productos dimanantes de medios históricos sociales concretos y determinados, que es ne- cesario conocer a efecto de comprender el sentido y las características de aqué- llas. La validez científica de la teoría sobre el arribismo en el Perú podría infe- rirse en la medida en que, al desaparecer o modificarse las condiciones que le dieron origen, ella perdería sustento empírico y, por tanto, devendría en inade- cuada para explicar los nuevos hechos y los profundos cambios que han altera- do la realidad nacional. Nuestro trabajo intenta llamar la atención sobre el hecho de que la hipótesis del arribismo, enunciada a principios de la década de 1970, estuvo hondamente condicionada por factores sociales, propios de aquel momento histórico y, co- mo no pudo prever los cambios subsecuentes, su validez ha quedado severa- mente cuestionada, a la luz de la realidad actual. Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 13 En este sentido, planteamos que el arribismo, como mecanismo de ascenso social, ha sido desplazado por otro al que, recurriendo a ese acervo de intui- ciones sociológicas que es el conocimiento del sentido común de los propios actores sociales, nos permitimos tipificar con el rótulo conceptual de "acho- ramiento". 2. Discusión teórica 2.1 Arribismo: concepto e hipótesis El concepto de arribismo consta de dos dimensiones distintas y separables, a las que Carlos Delgado articula en una sola unidad significativa y cuyo referente empírico es la acción individual dirigida a escalar posiciones en la jerarquía so- cial. El primer componente concierne a la actitud de valoración positiva que el arribista asume con respecto a los objetos socialmente reputados como bienes dignos de ser apreciados, buscados y poseídos; y que, por ende, confieren a sus titulares un status o rango de superioridad social legítima. El arribista, además de aceptar la validez de las apreciaciones socioculturales vigentes que definen a la riqueza, al poder y al prestigio como objetos valiosos, conecta a esta actitud el deseo, el afán de acceder a su disfrute. Llegar a poseer estos bienes es la meta de la acción del arribista. Sin embargo, aunque necesa- rio, este componente no es suficiente por sí solo para definir la significación in- tegral del concepto, dado que la especificidad de la conducta arribista radica también, y con igual peso, en los medios que emplea para conseguir su objetivo, es decir, en la estrategia que sigue para intentar consumar su propósito de en- cumbramiento social. Es justamente aquí donde estriba el segundo aspecto defi- nitorio del arribismo. Para comprender mejor el carácter distintivo de tal estra- tegia, consideramos conveniente explicitar los fundamentos teóricos que susten- tan la argumentación de este autor. En su opinión, la estratificación social imperante en el Perú en la década del se- senta presenta una ostensible rigidez o estrechez en sus vías de movilidad as- cendente, es decir, las oportunidades de desplazamiento hacia los niveles altos de la jerarquía son escasas; y, precisamente por ello, los bienes sociales, la ri- queza y el poder están concentrados en una clase o grupo, que no sólo tiene bajo su dominio tales recursos, sino que también ejerce control sobre los canales o vías de movilidad social que permiten poseerlos. 14 Apuntes de Estudio Bajo estas condiciones, cualquier intento de progresar en la estructura jerárquica está supeditado o condicionado a las decisiones del grupo que detenta la pro- piedad de los mencionados recursos. Así, pues, como las posibilidades de subir son muy restringidas y las pocas que están disponibles se hallan sometidas al control o influencia del grupo dominante, nadie -que no cuente con la aquies- cencia o aprobación de este círculo de poder- puede lograr acceder a posiciones de mayor bonanza económica, influencia política o prestigio social. En consecuencia, para ascender se requiere imperativamente ser capaz de indu- cir y mantener en los poseedores de los recursos sociales una disposición favo- rable, es decir, granjearse su simpatía, su buena consideración o benevolencia para recibir en retribución los beneficios apetecidos. Son variadas las expresio- nes en las que el ingenio popular ha condensado este aspecto del comportamien- to arribista: "sobar", "franelear", "chupar las medias", entre otras. Todas ellas aluden a una persona que adula a otra de rango superior, con el fin de obtener sus favores. Ahora bien, el arribista es consciente de que él no es el único afanado en triun- far socialmente, sino que a su alrededor, por así decirlo, otros individuos, de su mismo o similar rango, tienen las mismas expectativas; y, puesto que las opor- tunidades no son suficientes para gratificar a todos, resulta inevitable que la competencia se desencadene entre todos los aspirantes. Enfrentado a sus con- tendores, el arribista emplea contra ellos medios diametralmente opuestos a los que utiliza para atraer hacia sí los favores de los superiores. Su estrategia consis- te, en este caso, en descalificarlos, en degradarlos moralmente, dañando su ima- gen ante los ocupantes de las posiciones más elevadas. Puede considerarse en- tonces que el arribismo, reducido a su esquema más simple, es un fenómeno que se verifica en el contexto de una relación social triádica. Ésta se halla confor- mada por una posición de preeminencia, correspondiente a una persona que tie- ne bajo su mando bienes socialmente valorados; y por posiciones subalternas en competencia entre sí, de las cuales al menos una aplica la estrategia de adular al que ocupa el rango más alto, mientras que la otra trata de neutralizar o anular al rival, desacreditándolo ante el superior, mediante la ironía, la crítica, el sarcas- mo, el infundio, la maledicencia, el chisme y otros expedientes de esta índole. 2.2 Análisis crítico Son varias las cuestiones que plantea esta argumentación. Empezaremos con una pregunta patentemente trivial, en consideración de todo cuanto queda ex- Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 15 puesto páginas atrás. ¿Cuáles son los hechos que se propone explicar la hipóte- sis antes expuesta? La respuesta es obvia y cabe enunciarla con un solo término: el arribismo. Ahora bien, dejamos constancia al inicio de la duplicidad inherente a la significación de este concepto. Así, discernimos, de un lado, la orientación de valoración positiva frente a los bienes sociales y la correspondiente expecta- tiva de alcanzarlos; y, de otro, la conducta instrumental que se pone en práctica para tornarlos asequibles. ¿Cuál de ambas dimensiones constituye el objeto de la explicación propuesta? De nuevo, la contestación fluye sin obstáculo: el se- gundo aspecto, es decir, el componente estratégico. En consecuencia, no pretendemos en este trabajo explicar por qué algunas per- sonas aspiran a escalar posiciones, sino, más bien, por qué en el Perú quienes buscan ascender socialmente apelan a la práctica del arribismo como estrategia. En ausencia de toda estipulación explícita respecto al ámbito de aplicación de la hipótesis, es preciso asumir que su autor no restringe su aplicabilidad a campos específicos, sino que la considera, por su generalidad, capaz de dar cuenta de cualquier caso, sea cual fuese éste. El universo que cubre o que pretende abarcar esta hipótesis es, pues, bastante amplio y diversificado. En rigor, todo contexto o, lo que es igual, toda organización dentro de la cual o por medio de la cual se persiga el ascenso social, es susceptible de ser objeto de aplicación de la hipóte- sis del arribismo-estrategia. Se trata pues de identificar cuáles son las organiza- ciones a las que cabría aplicar la hipótesis en consideración. El mismo Carlos Delgado 4 enunció y caracterizó sucintamente los canales y mecanismos a través de los cuales se busca realizar el ascenso social. He aquí su nómina: el sistema educacional, la administración pública, el sistema económi- co, las fuerzas armadas y los partidos políticos. Todos estos ámbitos institucio- nales son contextos organizacionales, en los que el conato de ascenso y los ca- sos de ascenso ya consumados del mismo pueden explicarse en términos del arribismo-estrategia. Ahora bien, según dijimos, la hipótesis afirma que en todos los sistemas sociales jerarquizados, en los que las oportunidades de desplazamiento vertical son esca- sas, y en los que los bienes socialmente valorados están concentrados, la bús- queda o persecución del ascenso adopta la estrategia arribista. Asumamos, pres- cindiendo de los detalles singularizantes, que todas las organizaciones antes 4. Delgado, Carlos, Apuntes sobre la estratificación social en el Perú, Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1969. 16 Apuntes de Estudio aludidas cumplen con las condiciones o requisitos exigidos en la hipótesis. Se trata en todos los casos de sistemas diferenciados en términos de rango o sta- tus y en los que no todos los miembros pueden acceder a las posiciones más elevadas. La pregunta que surge a este respecto es si son éstas las únicas condiciones de las que necesariamente resulta el arribismo-estrategia o si hay otras que se han omitido. Nuestra respuesta es afirmativa. Sostenemos en consecuencia que, aun cuando las condiciones identificadas por Carlos Delgado son necesarias, éstas no bastan; y que, por ende, es menester introducir otros factores para lograr una explicación más ajustada a los hechos. Seamos más explícitos. El arribista cifra el cumplimiento de su proyecto en la obediencia obsecuente a los mandatos del superior, en la lisonja, en la adulación; es decir, su norma fun- damental de conducta consiste en ajustarse siempre a las expectativas de la per- sona que se halla por encima de él en la jerarquía organizativa. Complacer al superior, adecuándose a sus demandas, tal es la divisa del arribista. La cuestión crucial que es necesario plantearse consiste en indagar cuál es la naturaleza de las expectativas a las que él trata de amoldarse. Ateniéndonos al significado de la palabra "adular", puede convenirse en que esta acción apunta a colmar de encomios o de elogios a las cualidades de otro individuo. La adulación supone haber descubierto los gustos, preferencias, afi- ciones, inclinaciones; en suma, todo aquello que constituye motivo de autoesti- ma para una persona. Está claro, pues, que el arribista asume una orientación totalmente personalizada hacia el otro, en el sentido de que al interactuar con él lo trata en su singularidad, procurando halagar o alabar todos los aspectos de personalidad que este otro aprecia. Nicolás Maquiavelo 5 , sutil observador de la conducta humana, mostró cuáles son las motivaciones íntimas que busca despertar y estimular el adulador: "No puedo menos de hablar de la adulación que reina en todas las cortes; vicio sobre el cual los príncipes deben estar siempre alerta, y del que no se verán libres a menos que utilicen la prudencia y mucha habilidad. Tienen los hombres tanto amor propio y tan buena opinión de sí mismos, que es difícil preservarse de tal contagio; además que, queriéndolo evitar, pudieran también disminuir su justo aprecio". 5. Maquiavelo, Nicolás, El príncipe, España: Ediciones EDAF, 1980. Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 17 Si es correcta nuestra interpretación del pensamiento de Carlos Delgado, enton- ces será menester concluir que las demandas y expectativas, a las que el arribista trata de responder satisfactoriamente, pertenecen a la esfera de la peculiar per- sonalidad del otro y, por ende, pueden considerarse como expectativas psicoló- gicas. Llevada hasta sus últimas consecuencias lógicas, esta concepción implica que, en los diversos contextos institucionales en los que el arribismo opera (empresas, administración pública y partidos políticos), los superiores son unos ególatras contumaces, cuyo único interés estriba en que sus subalternos los honren, reconociendo y exaltando sus cualidades personales. No estamos aseverando que haya mantenido esta tesis. Es más, su misma hipó- tesis, que es de carácter sociológico, aporta una prueba definitiva en contra de nuestra suposición. Sin embargo, como su perspectiva privilegia el análisis del ajuste del arribista a las expectativas egocéntricas de los superiores, con ello asume -al menos implícitamente- que todo lo demás carece de relevancia. Esto es, evidentemente, un error. Las organizaciones son sistemas sociales que sin duda alguna tienen una estruc- tura más o menos jerarquizada, en cuyo seno se presenta, también con mayor o menor generalidad e intensidad, el fenómeno de la competencia entre sus miembros por arribar a las más altas posiciones. Aparte de estas dimensiones, en las organizaciones son también discernibles otros aspectos que, a nuestro jui- cio, revisten especial importancia para este tema y que no se han tomado en consideración. 2.3 Reformulación de la hipótesis Las organizaciones son sistemas que actúan para o hacia el logro de fines preestablecidos, en función de los cuales evalúan su propia actuación y la de sus miembros. Además, las organizaciones regulan y controlan el comporta- miento de sus integrantes mediante normas más o menos formales o explícitas y, por tanto, inducen al cumplimiento de éstas imponiendo sanciones positi- vas o negativas. Pues bien, con estas sumarias posiciones en mente, tornemos a considerar la hi- pótesis sobre el arribismo. En primer término, concentremos nuestra atención en la interacción superior-subordinado, asumiendo que este último sea un arribista. Como sabemos, el arribista actúa en la creencia de que siendo solícito, compla- ciente y dadivoso con el superior, es decir, satisfaciendo sus expectativas ego- 18 Apuntes de Estudio céntricas, éste retribuirá o sancionará positivamente tal conducta, otorgándole algún beneficio. Tal como acabamos de sugerir, visualizar el proceso de interacción desde esta sola perspectiva implica dejar fuera del análisis un elemento real sumamente importante, a saber las expectativas impersonales. Éstas arraigan en el rol orga- nizacional que desempeña el que ocupa la posición superior y, en general, pue- de considerarse que tienen que ver con el modo en que éste espera que el subal- terno ejecute las tareas, labores y obligaciones de su rol. Siguiendo a Sigfried Nadel 6 , podemos distinguir en cada rol tres tipos de acciones. Se llaman acciones periféricas a las que el actor puede variar u omitir, sin que se altere la efectividad del comportamiento del rol. Son, en este sentido, atributos facultativos o discrecionales, debido a que no conllevan ninguna sanción. Se denominan relevantes a las acciones cuya variación u omisión modifica la efectividad del rol y suscita contra el actor reacciones correctivas de distinta índole. Por último, hay acciones llamadas axiales o básicas, que no admiten ninguna variación y que, si éste fuera el caso, provocan la aplicación de medidas punitivas más severas que las correspondientes al tipo anterior. Así pues, la persona que está ocupando el rol jerárquicamente superior tiene la expectativa de que el subordinado ajuste su conducta a los patrones relevantes o axiales de su rol. Correspondientemente, sus reacciones, motivadas por la eva- luación que haga del desempeño del otro, serán positivas o negativas, depen- diendo ello de si el subalterno cumple o incumple las obligaciones que tiene asignadas. Desde esta perspectiva, la interpretación del arribismo no será la misma que la que propuso Carlos Delgado. Puesto que el superior se orienta ha- cia el subordinado de acuerdo con las expectativas relevantes y básicas de su rol, los juicios aprobatorios o condenatorios que emita no tendrán en cuenta, primariamente, los actos de adulación del otro sino que recaerán sobre la mane- ra en que éste desempeña sus tareas. Es probable, entonces, que por más que el arribista se afane en pulsar las fibras egolátricas del superior, no será éste el criterio que el superior aplicará para eva- luar la actuación del subordinado sino que otorgará más importancia a la efecti- vidad del desempeño del rol que él cumple. Por consiguiente, como el superior está interesado en el rendimiento de sus subalternos -independientemente de la 6. Nadel, Sigfried, Teoría de la estructura social, España: Ediciones Guadarrama, 1966. Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 19 actitud personal que éstos asumen frente a él-, las recompensas que pudiera otorgar estarán regidas por esta consideración. Bajo estas condiciones, la estra- tegia arribista no será tan competitiva como la que base el logro del ascenso so- cial en la maximización o elevación del rendimiento personal en función de la obtención de las metas estipuladas en la organización. Aunque es cierto que todas las organizaciones se orientan a la consecución de objetivos e, igualmente, todas imponen normas sancionables, también es claro que no todas tienen las mismas posibilidades de establecer pautas impersonales u objetivas para evaluar su propia actuación y la de sus miembros. Ludwig von Mises 7 sostiene que comúnmente todas las organizaciones -en las que es factible aplicar las reglas del cálculo económico- poseen patrones objetivos para medir el rendimiento de sus integrantes. Estas pautas evaluativas tienen la característi- ca de ser normas abstractas, en el sentido de que únicamente seleccionan algu- nas pocas dimensiones del comportamiento de los individuos; aquellas que, precisamente, se juzgan pertinentes al logro de las metas de la organización. Por el contrario, las organizaciones que no son productivas, y éste es el caso de las burocracias, no reúnen los requisitos exigidos para la aplicación de la regla del cálculo económico y, como consecuencia, tampoco están en condiciones de definir pautas abstractas de evaluación. A partir de estas consideraciones, no es difícil advertir que en las organizaciones del primer tipo el arribismo es nulo o casi inexistente, mientras que en las buro- cracias encuentra las condiciones más favorables para desarrollarse. En efecto, los mandos burocráticos altos no tienen interés en que los beneficios económi- cos superen a los costos porque los recursos provienen del Estado. En conse- cuencia, tampoco estarán motivados para exigir a sus dependientes rendimientos apropiados de carácter productivo. En ausencia de esta motivación, su interés básico se concentra en mantener su propio rango, su propia posición de preemi- nencia. Así, no exigirá de sus subalternos eficacia o eficiencia en el rendimiento, puesto que estas pautas resultan inaplicables y más bien demandará lealtad a su rango. Quien satisfaga su requerimiento, será bien evaluado y gozará de su con- fianza personal. Cuantos más signos inequívocos de lealtad se le testimonien, tanto más inclinado estará a gratificar esta conducta y así tanto más se reforzará la estrategia del arribista. 7. Von Misses, Ludwig, La burocracia, Argentina: Piélago Ediciones, 1974. 20 Apuntes de Estudio 3. Aproximación empírica Es menester advertir que, por los límites de este trabajo, no disponemos de sufi- cientes datos empíricos como para someter a una contrastación rigurosa las hi- pótesis arriba bosquejadas. Además, hay que destacar que las fuentes existentes no sólo son escasas sino que los pocos trabajos disponibles no son del todo ade- cuados a la naturaleza específica de nuestro objeto de estudio. A nuestro juicio, el arribismo es un fenómeno que requiere ser investigado a través de la técnica de la historia de casos personales estudiados en profundidad. Mediante este pro- ceso metodológico, se trataría de captar el complejo de valoraciones que orien- tan la conducta arribista, así como de reconstruir la trama de las relaciones in- terpersonales en las que se involucra en distintos contextos, avanzando hacia el logro de su fin más preciado: la estima y elevación de su status social. Al caracterizar esta exigencia, estamos pensando en el tipo de análisis que Sten- dhal aplicó en su obra Rojo y negro. Julian Sorel, el personaje protagónico de esta novela, es descrito desde la perspectiva de su intencionalidad frente al mundo en la que se destaca su ambición; su vehemente afán de arribar; su inescrupulosidad moral; su inteligencia, siempre alerta para detectar y explo- tar las oportunidades; y, su habilidad para urdir relaciones, sean galantes, po- líticas, amistosas o serviciales, buscando siempre obtener el máximo provecho de ellas, en función de la meta última de su proyecto. Demás está decir que no estamos en condiciones de intentar aquí un análisis si- milar al que acabamos de bosquejar. Supliremos las carencias antes aludidas, acudiendo a unos pocos casos que presentaremos no a título de validación con- cluyente, sino como meras ejemplificaciones que, al menos, tornen plausibles nuestras aseveraciones teóricas. 3.1 El caso de la administración pública Ochoa y Serrano 8 , en una investigación sobre una muestra que abarcó dos mu- nicipalidades y dos ministerios, encontraron que los cargos de director general, director ejecutivo y director, estaban ocupados por funcionarios designados en virtud de sus vinculaciones personales con los mandos políticos de estas reparti- ciones públicas. La fuente en referencia no nos suministra información detallada acerca del proceso de ascenso en cada uno de estos casos. No obstante, el solo 8. Ochoa, Jaime y otros, Estudio sobre la administración pública peruana, Lima: INAP, 1975. Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 21 hecho de haber llegado a ocupar estos puestos al margen de un concurso de mé- ritos, compitiendo con otras personas, parece ser un indicio suficiente para pen- sar que aquí fueron determinantes los mecanismos del arribismo-estrategia. En otro contexto, el de las empresas públicas, Barletti y Fernández 9 constataron que entre los gerentes predomina el criterio de que es preferible tener por cola- boradores a personas de confianza, tales como amigos o parientes, antes que encomendar esos cargos a personas de las cuales sólo se conoce un currículum abstracto. Este hallazgo es sumamente revelador. Muestra que más importancia se asigna a las relaciones primarias, concretas y altamente personalizadas que a las relaciones secundarias, basadas en consideraciones estrictamente técnicas, profesionalizadas, carentes de connotaciones afectivas y que únicamente atien- den a la idoneidad para desempeñar un rol laboral. A partir de los estudios antes citados, se puede conjeturar que la administración pública es la organización donde suelen prevalecer los mecanismos de ascenso de carácter arribista. No se nos oculta el hecho de que este aserto es una genera- lización que no guarda debida proporción con los escasos datos aquí consigna- dos. Sin embargo, tal vez el análisis legal pueda reducir esta distancia. Según sugiere el estudio de Ochoa y Serrano, los ascensos acordados con pres- cindencia de concurso constituyen un magnífico indicador de la presencia de factores identificables o asumibles a la estrategia arribista. Consecuentemente, bastaría con averiguar si los estatutos o reglamentos de la administración públi- ca exigen o no este requisito para poder deducir de allí, con visos de verosimili- tud, cuán operativos o actuantes son los mecanismos arribistas en los ascensos. Pues bien, examinando la ley de la carrera administrativa, De la Torre Ugarte 10 ha puesto de relieve que los cargos públicos de confianza -directores superiores, directores generales- no se cubren mediante concurso, sino que es potestad del titular de la institución correspondiente, ministro o jefe, designar a las personas que él elija. Por lo demás, su decisión se halla exenta de condiciones legales res- trictivas, toda vez que para esos cargos ni la ley de carrera ni sus reglamentos estipulan otros requisitos que la edad y el ser peruano. 9. Barletti, Bruno y otros, Investigación sobre la actividad empresarial del Estado en el Perú, Lima: INAP, 1976. 10. De la Torre Ugarte, Edmundo, Análisis de la ley de carrera administrativa, Lima: INAP, 1986. 22 Apuntes de Estudio Es evidente que, no estando constreñido a ceñir su elección a requisitos atinen- tes a la formación profesional (experiencia y capacidad, por ejemplo), podrá seleccionar a quien juzgue conveniente, según su propio criterio, sin que tal de- cisión pueda ser legalmente impugnada. Bajo este sistema, la eficacia y la eficiencia del rendimiento no son, pues, con- diciones sine qua non para poder ascender a los cargos más altos, puesto que éstos tienen el carácter de cargos de confianza y, precisamente por ello, están exonerados de requisitos de obligatorio cumplimiento. En suma, quienes aspiren a subir hasta estos cargos tendrán que valerse de los medios más aptos para cultivar la confianza personal de los mandos decisorios. Conforme estipula nuestra hipótesis, bajo condiciones organizacionales distintas de las burocráticas, el mecanismo de ascenso tendrá que ser, de modo corres- pondiente, diferente al del arribismo. 3.2 El caso de una empresa privada moderna Para averiguar si en las organizaciones productivas se cumple esta predicción, vale decir, si en ellas rigen cánones de ascenso distintos a los arribistas, nos val- dremos del testimonio suministrado por un informante, a quien entrevistamos a propósito de este asunto. Él trabaja en un laboratorio farmacéutico que se dedi- ca a la producción y comercialización de medicinas en la ciudad de Lima. La empresa recluta al personal de propaganda médica mediante la convocatoria pública a concurso, la misma que consigna los requisitos que deben reunir los postulantes. Después de ser sometidos a una serie de pruebas técnicas bastante variadas, son seleccionados los que más altos puntajes hayan obtenido. Con- cluida la selección, se inicia un período de capacitación intensivo, durante el cual un equipo de médicos, farmacéuticos y supervisores de venta, instruyen a los futuros visitadores médicos en todo cuanto concierne a la labor que habrán de realizar en la empresa. Al finalizar este ciclo, quedan expeditos para comenzar a desarrollar sus activi- dades. A partir de este momento, se inicia la carrera del personal del departa- mento de ventas, es decir, se abre la posibilidad de ascender -sucesivamente- a los cargos de supervisor, supervisor nacional y gerente de ventas. Ahora bien, debido a la rigidez de esta jerarquía, el ascenso supone invariablemente la sa- lida de la persona que ocupa el cargo inmediato superior, sea por renuncia vo- luntaria o por destitución. Los visitadores médicos -nivel jerárquico inferior de Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 23 la estructura- son evaluados permanentemente por sus respectivos supervisores de acuerdo con un doble criterio: disciplinario y de rendimiento. El primero atañe al cumplimiento de los deberes propios del rol, entre los cuales el más importante consiste en ceñirse estrictamente al itinerario, previamente notificado al supervisor, de las visitas a los consultorios de los médicos, de quienes depende el que un producto determinado se recete o no a los pacientes. El segundo criterio se refiere al monto de las ventas que logra colocar cada visi- tador médico en las zonas que tiene asignadas. Como se ve, ambos criterios son objetivos y, en consecuencia, permiten al supervisor formarse una idea bastante exacta del rendimiento de sus subordinados o, lo que es lo mismo, de la rentabi- lidad de éstos para la empresa. Los méritos de los visitadores se traducen inmediatamente en una elevación de las comisiones que perciben cuando alcanzan o sobrepasan los niveles de- finidos por la compañía. Los deméritos, sean de índole disciplinaria o de bajo rendimiento, no sólo se formalizan por escrito, sino que, dependiendo de su gravedad, motivan amonestaciones, e incluso pueden llegar a constituir causal de despido. Cada supervisor tiene bajo su mando, en promedio, entre 6 y 7 visitadores dis- tribuidos en zonas que abarcan uno o más distritos de Lima metropolitana. Co- mo se ha sugerido párrafos arriba, son los visitadores los que asumen la labor de transmitir a los médicos la información pertinente acerca de los productos del laboratorio. Se supone que si son persuasivos en su trato con los médicos y logran inducirlos a que prescriban a sus pacientes los fármacos de la empresa, ello se reflejará en volúmenes de venta. Cuanto mayores sean estas colocacio- nes, tanto más elevadas serán sus comisiones, es decir, sus ingresos adicionales al sueldo básico que perciben. Estas bonificaciones no sólo benefician a los visitadores, sino también al supervisor de la zona. Así, tanto unos como el otro están económicamente interesados en llevar a cabo sus actividades con eficiencia, ya que, de no ser así, se exponen a perder estos márgenes adiciona- les de ingreso. A la luz de estas consideraciones, se puede advertir que en este sistema o, más precisamente, en la relación supervisor-visitador, no es posible que tenga cabida el arribismo. El visitador, interesado como está en incrementar el monto de sus bonificaciones, sabe que el medio para lograrlo no es precisamente adular al su- pervisor, pues sus ingresos no dependen de éste, sino de la cantidad de produc- 24 Apuntes de Estudio tos que consiga vender. Además, la adulación no tendría ningún efecto, debido a que el supervisor cuenta con patrones objetivos que está obligado a usar para evaluar el rendimiento del visitador. Más aún, difícilmente el supervisor tolerará que el visitador adopte tal comportamiento, toda vez que ello sea un signo claro de que este último pretende eludir sus obligaciones, es decir, trabajar menos; pero, como esto perjudica sus intereses, sus respuestas serán desaprobatorias o de rechazo, con el fin de impedir que tal conducta prospere. No es éste, sin embargo, el único motivo que impele al supervisor a desalentar cualquier intento arribista. Si el supervisor accediera a alternar con cualquier visitador en términos personalizados, anteponiendo consideraciones de simpatía a las reglas laborales impersonales, tarde o temprano tendría que concederle al- gunas licencias o prerrogativas especiales que, aparte de los perjuicios econó- micos ya mencionados, traería consigo el resquebrajamiento de la disciplina de su equipo, puesto que los demás también querrían recibir el mismo trato. En este contexto, los visitadores que aspiran a labrarse una carrera exitosa, saben que la senda conducente al ascenso consiste en acumular méritos, de conformidad al cumplimiento de las normas de la compañía: disciplina y efi- ciencia. Con todo, el ascenso no depende única y exclusivamente de este fac- tor. Se requiere también, necesariamente, del concurso de otra circunstancia, a saber: la vacancia del puesto de supervisor. Teniendo en cuenta que una de las estratagemas del arribista es la intriga ("la serruchada de piso"), es pertinente preguntarse si el visitador está en condicio- nes de echar mano a este expediente. La respuesta es negativa. Y ello por dos razones, ambas vinculadas a la estructura piramidal de la empresa. En efecto, para conspirar contra el supervisor, el visitador tendría que ser capaz de ac- ceder directamente al trato con el supervisor nacional, jefe del supervisor, de quien dependería, al menos en primera instancia, la decisión de una posible remoción del supervisor. Aunque esto no entraña ninguna imposibilidad es, en la práctica institucionalizada de la empresa, altamente improbable debido a que los canales de comunicación son verticales y, por ende, el supervisor consti- tuye el filtro ineludible entre el visitador y el supervisor nacional. Sortear esta intermediación supone transgredir una norma con las consiguientes sanciones disciplinarias. Por otro lado, la presunta conspiración que estamos considerando fracasaría por cuanto es política de la compañía, en casos de conflicto o disputas, respal- dar siempre a los superiores jerárquicos. Así, la vacancia del cargo de supervi- Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 25 sor, condición imprescindible para el ascenso, es un hecho que no puede ser provocado por el visitador mediante los ardides tácticos típicos del arribista. Es, si se quiere más precisión, una oportunidad que se le presenta sin haber inter- venido en su gestación, pero que puede aprovechar en su beneficio, siempre y cuando reúna los requisitos que demanda la empresa. Estas exigencias son las mismas que ya hemos visto operando en el análisis anterior: los méritos obte- nidos por la disciplina observada y el rendimiento. A estos factores se añade otro que, en realidad, no es más que la garantía del cumplimiento de los prece- dentes. Nos estamos refiriendo al tiempo de servicios. Es lógico suponer que un visitador con más años de trabajo tiene más experiencia que otro con menos tiempo en la actividad. En conclusión, el caso que acabamos de reseñar nos ha permitido comprobar las estipulaciones de nuestra hipótesis. Las organizaciones productivas, debido a que pueden aplicar las reglas del cálculo costo-beneficio, están en condiciones de evaluar objetivamente el rendimiento de sus miembros. Así como están obli- gados a generar utilidades, su política tiende a estimular e incentivar los com- portamientos que redunden en el logro de esta meta. Bajo estas condiciones, la estrategia arribista no sólo es difícil que surja, sino que, como hemos sugerido, es considerada como un síntoma o como un indicador de falta de compromiso con la organización. 4. Reflexiones finales Habíamos anticipado al inicio del presente ensayo que la hipótesis sobre el arri- bismo acusaba, en su misma formulación, el impacto de las características histó- ricas de la sociedad peruana, vigentes en el momento en el que fue propuesto dicho planteamiento. En rápida revisión retrospectiva podemos aseverar que, desde 1968 hasta 1975, el autoproclamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas enarboló y ejecutó un programa destinado a la liquidación de la sociedad oligárquica. La reforma agraria, la nacionalización de la banca, el control estatal sobre las importaciones, entre otras, fueron medidas adoptadas para abolir las bases de la dominación de la oligarquía. Carlos Delgado, quien, además de antropólogo y profesor universitario, fue un distinguido asesor e ideólogo del gobierno militar, preconizaba la instauración de un modelo de sociedad participacionista, en la que el control sobre los me- dios de producción fuese asumido por los mismos agentes generadores de la ri- 26 Apuntes de Estudio queza y en la que el Estado, interviniendo activamente en la economía, impulsa- se su desarrollo. Como ideólogo, su mirada estaba dirigida hacia el futuro, al que, a través de la acción política del gobierno, aspiraba a modelar de acuerdo con la doctrina de la revolución militar. Como teórico, por el contrario, su atención recaía sobre el presente de la sociedad peruana, la que ya desde inicios de la década del sesenta había sido tipificada como oligárquica según diversos estudios sociopolíticos, tales como los realizados por Borricaud, Bravo Bressani, Piel, Matos Mar, Cotler, Malpica y otros más. Todos coincidían poco más o menos en que, en el Perú, un minúsculo grupo de familias notables, de cuño aristocrático, la denominada "argolla", tenía bajo su dominio no sólo los principales recursos productivos -tierra, finanzas y el gran comercio- sino que, además, debido a esta monopolización, erigía y disponía a los gobiernos, según concordasen o no con sus intereses. A causa del predominio de las actividades agroexportadoras, el desarrollo in- dustrial era incipiente y, en consecuencia, las capas urbanas, la burguesía, los obreros y la clase media eran exiguas y carecían de poder para enfrentarse a la oligarquía, por lo que su posición era subordinada. En el campo, haciendas y latifundios mantenían en condiciones de servilis- mo a campesinos costeños y andinos, para los que no regían ni las leyes del Estado ni las instituciones económicas más modernas de la sociedad. Alta concentración de los recursos económicos, así como de la propiedad mueble e inmueble; control del Estado por un grupo minoritario; subordina- ción de las capas integradas al sistema; y marginación del grueso de la pobla- ción, constituyeron los caracteres típicos de la sociedad oligárquica peruana. Destaquemos, como complemento de este breve esbozo, que en este tipo de so- ciedad, más que en clases sociales, conviene pensar en estamentos más o menos cerrados, caracterizables no sólo por sus relaciones de propiedad con los recur- sos y medios productivos, sino también por estilos de vida muy propios: vivien- da, indumentaria, educación, lengua, recreación, localización espacial, filiación familiar y rasgos étnicos. Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 27 El contraste entre la oligarquía y las clases medias y populares es nítido y tajan- te, y se verifica en cada uno de los aspectos enumerados. De éstos, importa re- saltar aquí la integración que presentan estos segmentos sociales. En la cúspide de este ordenamiento, la oligarquía se halla cohesionada por sus intereses eco- nómicos y políticos, pero también, y sobre todo, por sus vinculaciones familia- res, protegidas y reforzadas por arreglos matrimoniales rigurosamente selecti- vos, a través de los cuales se buscaba impedir el acceso al grupo privilegiado. Por el contrario, en la base de la jerarquía prevalecía la atomización, la desarti- culación de las capas populares, debido a la ausencia o, en todo caso, al larvado desarrollo de sindicatos, gremios y partidos políticos. Así pues, en virtud de esta asimetría, la oligarquía pudo mantener su domina- ción sobre el Estado y, en consecuencia, manejarlo con sujeción a sus intereses privados. Los historiadores Alberto Flores Galindo y Manuel Burga 11 , remitiéndose a las investigaciones de Francois Borricaud, sostienen que la oligarquía privati- zó el poder público, no sólo porque supeditó al Estado a sus intereses particu- lares, sino también porque permitió que hacendados y terratenientes ejercie- ran, dentro de sus establecimientos, funciones que legalmente estaban reser- vadas al Estado. Ambos historiadores consideran que la familia fue el núcleo central de la aglutinación de la oligarquía. La implicación que cabe inferir de esta afirmación es que el dominio oligárquico sobre la sociedad se ejerció se- gún el modelo de la autoridad del pater familiae, en el que se combinan la violencia y el paternalismo. Del mismo modo que el padre exige fidelidad y sumisión a sus hijos, así tam- bién los oligarcas, en sus haciendas, latifundios, fábricas y oficinas imponían a los trabajadores la obligación de obedecer a sus dictados bajo la amenaza de severos castigos. Esta analogía es esclarecedora y fértil en consecuencias. La relación entre el padre y sus hijos es asimétrica y personal. El padre detenta la potestad de mandar y la propiedad de los bienes de la familia. Es, pues, econó- micamente independiente de sus hijos, al paso que estos últimos requieren de él para satisfacer sus necesidades. Padre e hijos alternan entre sí en la intimidad del hogar en situaciones cara a cara o de máxima proximidad psicológica, lo 11. Flores Galindo, Alberto y Manuel Burga, Apogeo y crisis de la República Aristo- crática, Perú: Ediciones Rikchay, No. 8, 1981. 28 Apuntes de Estudio que abre la posibilidad de que los participantes se capten recíprocamente como individualidades peculiares y plenamente singularizadas. En consecuencia, como los hijos carecen de significación económica para el pa- dre, en el sentido apuntado anteriormente, éste inducirá y reforzará los compor- tamientos de respeto o lealtad a su persona y, en esa medida, los gratificará. A su vez, los hijos dependientes del padre percibirán tales recompensas como do- nes gratuitos o, más precisamente, como obsequios obtenidos merced a la fide- lidad guardada a la figura paterna. El padre aparecerá entonces como dispensa- dor de bienes que pueden conseguirse sólo a condición de agradarle. Debido a la cercanía en la que interactúan padres e hijos, éstos tienen excelentes oportu- nidades para descubrir las predilecciones personales de aquél y así, actuando en consecuencia, podrán lograr más dádivas por haber colmado sus expectativas. Proyéctese este boceto a las relaciones entre la oligarquía y sus trabajadores en los ámbitos de las haciendas, latifundios, minas, talleres, centros fabriles y ofi- cinas y se verá, como en una pantalla ampliada, el arribismo en pleno funcio- namiento. Así, pues, desde un punto de vista estructural, el arribismo es un fenómeno que hunde sus raíces en el suelo de una sociedad precapitalista, que todavía conser- va dentro de sí instituciones políticas y económicas de carácter feudal. Fue ésta la realidad social en la que pensó Carlos Delgado cuando enunció su tesis sobre el arribismo. Sin embargo, como bien se sabe, el curso de la historia modificó a la sociedad oligárquica hasta que finalmente ésta desapareció. No nos concierne aquí seguir paso a paso los acontecimientos que debilitaron y sumieron en la crisis a la oligarquía, conduciéndola luego a su último ocaso. Limitémonos a registrar el que acaso sea el más importante de todos estos cam- bios: la informalidad. Resultado de la acción combinada del crecimiento demográfico, del traspase poblacional de la sierra hacia las ciudades costeñas, sobre todo a Lima, y de la escasa capacidad del aparato industrial para generar empleo adecuado, la infor- malidad ha invadido casi todas las actividades de la urbe. Ante ciudades insuficientemente dotadas para absorber laboralmente a los mi- grantes y brindarles servicios, éstos, para adaptarse, han optado por forjar sus propias instituciones, al margen de la formalidad establecida. Según ha puesto Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 29 de relieve José Matos Mar 12 , esta respuesta supone que el Estado ha sido reba- sado en un enfrentamiento abierto, y no exento de violencia, por lograr espacios sociales, imposibles de ser obtenidos dentro de la legalidad. Es, pues, evidente que el Estado ha devenido en obsoleto: sus normas ya no rigen eficazmente las relaciones sociales en el campo económico, político y cultural. En opinión de este autor, en el Perú está gestándose un nuevo orden por la iniciativa e inter- vención activa de las clases populares, lo que permite aseverar que la sociedad peruana se halla en un momento de transición, en el que las instituciones oficia- les han perdido todo su vigor, sin que las que están en trance de formación ha- yan logrado todavía consagrarse formalmente. Se sabe, desde los tiempos de Emile Durkheim 13 , que, cuando el orden social se trastoca profundamente, surgen, inducidos por esta suerte de desinstitucionali- zación, un conjunto de fenómenos que este sociólogo calificó de anómicos. Hugo Neira 14 , ante la comprobación de los multifacéticos casos de corrupción que vienen sucediéndose en el Perú, desde los años ochenta, ha propuesto inter- pretarlos como manifestaciones de anomia. Considera que esta proliferación de la corrupción, que afecta principal, aunque no exclusivamente al Estado, son evidencias del deterioro de normas, antes eficaces y ahora al borde de la extin- ción. En la detallada casuística exhibida por Hugo Neira, en apoyo de su tesis, merece situarse en primer plano los actos de defraudación, estafa, desfalco y soborno, entre otros; todos ellos perpetrados con la finalidad de adquirir riqueza mediante medios ilícitos, transgresores de normas, es decir, anómicos. Todo esto conduce a conjeturar que, en la actualidad, el ascenso social o, cuando menos, la obtención de riqueza, se está buscando a través de una es- trategia radicalmente distinta a la del arribismo. Una cumplida demostración empírica de esta hipótesis desborda los límites de este trabajo, no obstante lo cual consideramos practicable aducir algunos elementos de juicio para susten- tarla teóricamente. Retornemos, a tal efecto, a los casos mencionados por Hugo Neira. Se advier- te, en esta enumeración, que la mayoría de estos actos han sido realizados por altos funcionarios civiles y jefes militares de elevado rango jerárquico. Se tra- 12. Matos Mar, José, Desborde popular y crisis del Estado, Lima: CONCYTEC, 1988. 13. Durkheim, Emile, De la división del trabajo social, Argentina: Editorial Shapire, 1967. 14. Neira, Hugo, "Violencia y anomia", en Socialismo y Participación, Lima: 1985. 30 Apuntes de Estudio ta, pues, de personas ubicadas en posiciones de autoridad legitimada, que les permiten adoptar decisiones muy importantes en los asuntos políticos y eco- nómicos del Estado. Es notorio que el Estado ha perdido la hegemonía que tuvo durante la década de los años setenta. La liberalización de la economía ha determinado, entre otras secuelas, que el Estado desregularice varios e importantes ámbitos del quehacer productivo, comercial, social, etc., todo lo cual, a su vez, ha provo- cado la reducción del tamaño de la administración pública y la drástica dis- minución del gasto de inversión y de remuneraciones. En este contexto, el Estado se está volviendo menos atractivo como vehículo de ascenso social o, por lo menos, las oportunidades que ofrece son ahora mucho más limitadas que en la década del setenta. Apresurémonos a plantear la cuestión implícita en las consideraciones precedentes: ¿qué sucede con la expectativa arribista de ascenso social cuando, además de debilitarse las nor- mas reguladoras de este proceso, los bienes o recompensas a lograr se tornan sumamente exiguos? Recientemente Carlos Darcourt 15 , desde la perspectiva de la psicología social, ha propuesto una respuesta interesante a este problema. Su argumentación establece que el afán de ascenso social, que domina y dirige la conducta arri- bista, dimana de una inseguridad básica de su personalidad, que es vivida por el sujeto como una necesidad imperiosa, cuya satisfacción solamente puede encontrarse en el reconocimiento de los demás. Debido a la dominancia de esta necesidad, el arribista no es capaz de proponerse objetos-metas sustituto- rias que reencausen su conducta en direcciones distintas a la que, de hecho, preside y controla su comportamiento. Careciendo de proyectos alternativos, el arribista confronta el riesgo de frustrarse con mayor facilidad que otra per- sona que dispone de una gama variada de opciones. Así, cuando las condiciones sociales no sean favorables al propósito de consu- mar su designio de triunfo social, el arribista persistirá obstinadamente en su empeño; y, entonces, al fracasar, propenderá a salvar los escollos mediante ac- tos de violencia. En estos casos, el arribismo-estrategia cederá el paso a otra 15. Darcourt, Carlos, Arribismo y variables psicosociales, texto inédito, documenta- ción personal, Lima: 1993. Del arribismo al achoramiento: medios anómicos de ascenso social 31 modalidad que, según dijimos al principio, nos hemos permitido denominar "achoramiento". Conviene estar prevenidos ante un eminente sesgo interpretativo. En el habla popular, el vocablo suele designar comportamientos que son bastante familia- res en nuestra vida cotidiana: el microbusero que rehusa entregar boletos y que, ante la demanda de los pasajeros, reacciona en tono soez y prepotente; o el funcionario público, que, con su deliberada lentitud, busca exasperar al usuario para que éste "le refile alguito" y que, ante su negativa, amenaza con suspender el trámite por una supuesta disposición de la superioridad. Éstos son casos claros de achoramiento, pero no son los únicos; mejor dicho, al ser los más notorios y difundidos, no agotan el campo de aplicación del término. Mutual Perú, San Ricardo, CCC, REFISA y, últimamente, CLAE, entre otras, organizaciones de apariencia formal y seria, pero que a la postre defraudaron a miles de ahorristas, sin que sus fundados reclamos lograsen que se les resti- tuyera sus fondos, son también casos de achoramiento. No importa cuál sea su ocupación, su educación o su apariencia personal, el achorado es aquel que insurge, abierta o subrepticiamente, contra las normas legales, negándose a aceptar su autoridad y rechazando las obligaciones que éstas pretenden impo- ner: en suma, desconociendo los derechos de los demás. Sin embargo, esta actitud básica que es el achoramiento puede ser aplicada a distintas finalidades. Así cuando, para lograr ascender socialmente, se utiliza como arma el achoramiento, decimos que el arribismo-estrategia ha sido des- plazado por esta última modalidad. El arribista achorado, al igual que el arri- bista adulador, aspira también a llegar al éxito, sobre todo al que ahora es el más descollante, la llave maestra que abre todas las puertas: el dinero. Ambos apuntan, pues, en la misma dirección. La diferencia estriba en la estra- tegia. El arribista adulador se presentaba reverente, genuflexamente, ante las clases superiores, actitud que, aunque no siempre sincera, traslucía la acepta- ción de la autoridad de las clases superiores. Ahora que la autoridad ya no está identificada, ni mucho menos personalizada en clase social alguna; y que el Estado, que supuestamente la detenta, ha perdido su capacidad de ordenar, sólo queda el poder impersonal, anónimo y abstracto del dinero, único objeto al que se le reconoce valor universal y hacia el cual, en estas condiciones de crisis o de anomia, se precipitan todos los competidores, sin más reglas que las de lograr su posesión. 32 Apuntes de Estudio En suma, cuando las expectativas de ascenso social, inducidas por la educación y reforzadas a cada momento por la publicidad de los medios masivos de comu- nicación, son interiorizadas, hasta el grado de constituir el factor dominante de la identidad y seguridad de las personas; y cuando, paradójicamente, las condi- ciones sociales (crecimiento económico, redistribución del ingreso, generación de empleo, aceptación mayoritaria de códigos reguladores) no permiten satisfa- cer el deseo de éxito social; entonces quedan sentadas las bases psicosociales para el desarrollo del achoramiento, entendido como sucedáneo del arribismo- estrategia estudiado por Carlos Delgado en la década del setenta. II La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 1 Introducción En el ensayo anterior se introdujo, a título preliminar y aproximativo, la cate- goría folclórica de “achoramiento” (término del lenguaje popular empleado como concepto sociológico), con el propósito de tipificar múltiples casos de comportamiento individual orientado al logro del ascenso social que no enca- jaban dentro del concepto de “arribismo”. A la luz de estos hechos, se sugirió que la estrategia arribista había sido desplazada y que, en la actualidad, el as- censo social se estaba buscando a través de medios anómicos: corrupción, es- tafa, defraudación, malversación, quiebras fraudulentas, secuestros, asaltos y otras prácticas más de enriquecimiento ilícito. Condición indispensable para desarrollar este planeamiento es precisar en de- talle el significado y el alcance empírico del “achoramiento” como categoría de análisis sociológico. Proveniente de la jerga popular urbana, el vocablo “achorado” deriva proba- blemente de “choro”, que significa ladrón, ratero, y por extensión designa 1. Artículo publicado en la revista Apuntes 42, primer semestre 1998, Lima: CIUP. 34 Apuntes de Estudio también algunos atributos manifiestos del comportamiento delincuencial: prepotencia, agresividad, arbitrariedad, violencia. Para anclar esta interpreta- ción en el uso lingüístico cotidiano de los hablantes, hemos realizado un rápi- do sondeo entre personas de diferente condición socioeconómica. Propusimos a nuestros interlocutores dos preguntas: ¿Qué entiendes por “achorado” y quiénes son “achorados”? Las respuestas obtenidas coinciden casi literalmen- te con nuestra interpretación. A la primera cuestión contestaron: “rebelde”, “delincuente”, “vivazo”, “abusivo”, “astuto”, “pendejo”. Los personajes iden- tificados como “achorados” fueron los siguientes: los delincuentes de los ba- rracones del Callao, los de las barras bravas, el loco “Canebo”, el “puma” Ca- rranza, los microbuseros. Así, pues, basados en el significado que el sentido común asigna a esta palabra, nos proponemos aplicarla a la caracterización de algunas situaciones sociales. Comprobaremos, luego de nuestra exposición de casos, que la extensión del término es más amplia que la cobertura, más bien restrictiva, sugerida por los ejemplos anteriores. Presentación de los casos Mercantilización del servicio médico Una serie de entrevistas sostenidas con médicos y pacientes de un policlínico, propiedad de una importante empresa nacional en Lima, reveló que entre los empleados, obreros y familiares que se atienden en él, está bastante generali- zada la percepción de los médicos como profesionales mercantilizados. Mu- chos testimonios aseguraron que los médicos, con deliberada intención, fal- sean, distorsionan, exageran o inventan diagnósticos, con el fin de forzar a los pacientes a seguir un tratamiento costoso o a someterse a operaciones innece- sarias. De ser ciertas estas aseveraciones, el presente caso revelaría que los mé- dicos, violando las normas éticas de su profesión y defraudando la confianza de la empresa y de los pacientes, se estarían aprovechando de su status y conoci- mientos para lucrar a costa de los empleados y obreros, usuarios del servicio. En este caso, el comportamiento “achorado” se evidencia como el apro- vechamiento inmoral de medios institucionalizados: el rol del médico y los conocimientos que comporta; la institución del seguro médico; y la obligación de la empresa de proporcionar un seguro médico a sus traba- jadores. Mientras que en el comportamiento arribista la estrategia de as- censo social es la adulación y el servilismo a personas, en el comporta- miento “achorado” es una transgresión a la ética profesional prescrita por La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 35 la estructura social para los roles y status institucionalizados: el código ético del médico, lo que Durkheim llamó la moral profesional, entendida como un conjunto de deberes. En este caso, hacia los pacientes, el hospi- tal y la comunidad. Oficiales de las Fuerzas Armadas (FF AA) comprometidos en el narcotráfico Luego de diversas denuncias, de los juicios abiertos a los oficiales acusados de narcotráfico, de la destitución de los presuntos culpables y de la condena dictada contra ellos, pocas dudas quedan ya acerca de la corrupción que ha penetrado en las FF AA por el poder del narco-dinero. Desde la posición de poder que detentan dentro del Estado, miembros de las FF AA han utilizado buques, aviones y helicópteros para el transporte de drogas o han cobrado cu- pos para permitir la salida de droga. Nuevamente se comprueba cómo el comportamiento “achorado” aprovecha las instituciones para apoderarse de recursos cuantiosos en beneficio personal. El poder del Estado es puesto al servicio de intereses particulares, vulnerando normas constitucionales y me- canismos de sanción legal, con el propósito de obtener dinero mediante estra- tegias anómicas distintas a las del arribismo. Jóvenes en busca de dinero fácil Entre los múltiples casos de portadores de drogas, detenidos cuando pre- tendían sacarla del país, llama la atención sobre todo la presencia de jóve- nes de clase media, muchos de ellos vinculados al ambiente artístico y profe- sional, que seducidos por fuertes sumas de dinero aprovechan su condición para correr la aventura de enriquecerse a corto plazo. En este caso se puede apreciar que, ante la escasez de buenas oportunidades de trabajo y realización personal, los jóvenes optan por abrirse paso en sus proyectos de vida a través de una estrategia delictiva, cuyas consecuencias son nefastas para la salud de las personas y la colectividad. Una vez más, no se trata del comportamiento arribista sino del riesgo individual asumido en un contexto en el que se pasa por encima de las normas, en una carencia total de respeto por personas e ins- tituciones, con el propósito de satisfacer expectativas de consumo, poder y/o prestigio social, viabilizadas por el dinero. 36 Apuntes de Estudio Conocidos, amigos o familiares convertidos en secuestradores En los últimos dos años, el más sonado de estos casos fue el secuestro de Ma- riano Querol, prominente psiquiatra y docente universitario. Su secuestrador, un joven empresario, graduado universitario, residente en una exclusiva zona de Lima, confesó poco después de haber sido detenido que decidió el secues- tro porque su negocio había decaído y necesitaba invertir más, justo la suma que había exigido para liberar a Mariano Querol. Estos secuestros, fraguados por personas del entorno de conocidos de la víctima, vulneran normas básicas de confianza interpersonal y trasuntan una pérdida grave en las normas más elementales que rigen la convivencia ciudadana y las relaciones de parentesco y amistad. Recientemente, el caso de Nora Ruiz de Paredes, viuda del congre- sista, asesinada por miembros de su propia familia, confirma la frecuencia de delitos cometidos dentro del círculo de parientes. Análisis de los casos A primera vista, todos estos casos pueden ser tipificados como casos de “achoramiento”. Razón por la cual, se deben traducir a una terminología for- mal que exprese sus rasgos constitutivos. En todos ellos observamos, ante to- do, actos que transgreden normas sociales institucionalizadas. Este rasgo, el de la violencia ejercida sobre las normas, parece estar en la base del signifi- cado de la palabra. Recuérdese que en el habla popular “achoramiento” pro- viene de “choro”, que significa ratero, ladrón y, por extensión, abusivo, bra- vucón, agresivo. Sería exagerado afirmar que el “achorado” viola siempre e indiscriminada- mente todas las normas. Más apropiado sería decir que asume una actitud de cálculo ante las normas: se aviene a su cumplimiento si éstas coinciden o promueven sus intereses; y las quebranta cuando constituyen un obstáculo pa- ra sus metas. En este sentido, la actitud del “achorado” es eminentemente pragmática y, de ser necesario, inmoral. Todo ello en un contexto étnico y cultural tan particular como el peruano. Se podría adelantar que el “achora- miento” adquiere un cariz propio por el hecho de encontrarse emparentado con comportamientos tradicionales como la “viveza criolla”, la “picardía” y la “pendejada”. También se puede constatar que todos estos actos están orientados a la obten- ción de dinero, poder o prestigio, valores supremos del “achorado”. Así, si La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 37 los vemos desde una perspectiva moral y crítica de raigambre humanista, la actitud hacia las normas aparece supeditada a la función que se le atribuye en la búsqueda de estos seudovalores. Cabe anotar que la obtención de uno de ellos suele conducir a la obtención de los demás. Las normas y las institucio- nes no tienen valor en sí mismas, sino en cuanto permitan, dificulten o impi- dan el acceso a los valores mencionados. Para el “achorado” de nada vale ser un buen médico, militar o empresario o artista, si estos roles no conducen al éxito económico, medio y signo manifiesto de estima, respeto y reconoci- miento social. Si para conseguir dinero es preciso violentar las normas éticas y legales, estos actos se justificarán, puesto que conducen a la obtención del bien más preciado. Como lo declaraba un comandante, ex jefe de una institu- ción pública, allá por la década del setenta: “El que puede, puede”. Precisa- mente, la búsqueda del dinero ilumina otro rasgo del “achoramiento” que apa- reció a propósito de los médicos: el mercantilismo. Se puede considerar, so- bre la base de los casos anteriores, que el mercantilismo consiste en maximi- zar el rendimiento de los roles, capacidades y recursos institucionales que se poseen en procura de obtener dinero, cuya efectiva posesión aparece como prueba y medida de eficacia, talento, destreza y habilidad. Al considerar los casos anteriormente descritos, quizás se extrañe la ausencia de aquellos personajes “achorados” típicos, que suelen aparecer en las cróni- cas policiales de los periódicos y a quienes se les culpa de la inseguridad ciu- dadana. Si bandas tales como la de los “Norteños”, “Destructores” o “Chele- ros”, por ejemplo, asaltan, secuestran, roban y asesinan para obtener dinero, el más mínimo sentido de congruencia lógica exigiría incluirlos en la lista an- terior. Su exclusión obedece a dos consideraciones: la inserción socioeconó- mica y la intencionalidad de los actos. Los protagonistas de los casos selec- cionados son personas integradas al sistema social en roles institucionaliza- dos, que inclusive gozan de reconocimiento, poder, prestigio y recursos eco- nómicos que en conjunto los colocan en una posición de seguridad muy re- mota de las peripecias, avatares y peligros a los que deben enfrentarse los hombres que para sustraerse de la miseria, marginación y escasez de oportu- nidades, optan por la delincuencia como modus vivendi. Los suyos no son, pues, actos impuestos por la imperiosa necesidad de so- brevivir, sino que claramente apuntan en la dirección de afianzar su posi- ción o de mejorarla aun más obteniendo mayores ingresos. Estos casos de “achoramiento” son, si se quiere, el equivalente del fenómeno de en- riquecimiento ilícito que algunos sociólogos norteamericanos denominan delito de “cuello blanco” (white collar crime), actos que son interpretados 38 Apuntes de Estudio como dirigidos al logro de un mismo fin: el ascenso social. Así, el “acho- ramiento”, en el sentido antes precisado e ilustrado por nuestros casos, constituye un tipo de conducta social, entre cuyos componentes analíticos se verifica la relación de medios a fines. Procuremos precisar con mayor detalle la configuración interior del tipo ideal del “achorado” y su status teórico como categoría sociológica. Nos valdremos para tal fin del deslinde conceptual entre valores culturales y normas institu- cionalizadas, formulado por Robert Merton 2 . Los valores constituyen el con- junto de bienes, culturalmente definidos y consagrados, cuya posesión o titu- laridad otorga la distinción de superioridad o preeminencia social, y son con- siderados como las metas legítimas hacia las cuales los miembros de la socie- dad deben orientar su conducta de logro. Las normas institucionalizadas pres- criben y controlan los modos de comportamiento permisibles para acceder a la obtención de los valores culturales. Entonces, se puede considerar que el sistema sociocultural pone a disposición de sus miembros un repertorio de metas (constituido por los valores vigentes) y, al mismo tiempo, estatuye normas que definen los procedimientos admisibles o lícitos de logro o reali- zación de tales objetivos. Merton asume que la reproducción o continuidad temporal del sistema socio-cultural depende de su capacidad para inducir en los individuos patrones de comportamiento concordantes o compatibles con aquellos valores y normas. En consecuencia, ejerce presión sobre sus miem- bros a través de distintos mecanismos de socialización y control. Ante esta presión, los individuos, condicionados por la posición que ocupan en la estructura social, adoptan diferentes tipos de adaptación, los que se constituyen y definen en función de la aceptación o rechazo de los valores culturales y normas institucionalizadas. Merton identifica cinco tipos de estra- tegias adaptativas: (1) conformismo, que se caracteriza por la aceptación de los valores y las normas de ascenso social; (2) innovación, cuyo rasgo distin- tivo es la aceptación de esos valores, pero el rechazo de las normas legítimas que permiten adquirirlos; (3) ritualismo, patrón que rechaza los valores y acepta las normas; (4) retraimiento, definido por el rechazo tanto de los valo- res como de las normas; y (5) rebelión, que consiste en apartarse de los valo- 2. Merton, Robert, Teoría y estructuras sociales, México: Fondo de Cultura Económi- ca, 1992. La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 39 res y normas vigentes, y proponer su cambio por otros, a los cuales se les juz- ga mejor en sentido ético. El innovador es el tipo que nos interesa poner de relieve. Desde luego, su orientación de valor es de aprobación y hasta de íntima identificación con las metas culturales, entre las que confiere primacía al éxito pecuniario, motivo dominante de su conducta y cima de sus aspiraciones. Por el contrario, su orientación normativa no es precisamente la del rigor ético, en el sentido calvi- nista o luterano, que antepone el cumplimiento del deber a toda otra considera- ción o interés ajeno a la moral. Antes bien, el innovador subordina las normas al logro del éxito monetario, aunque para ello sea necesario quebrantarlas. En atención a las coincidencias básicas entre el tipo innovador y el “achora- do”, cabe afirmar que este último se caracteriza por ser un patrón conductual de adaptación o estrategia de ascenso social, que se orienta al logro de la reputación económica o de la ganancia pecuniaria, mediante el pragmatismo y el mercantilismo. Hasta donde se tiene conocimiento, Merton no utiliza estas categorías (pragmatismo y mercantilismo) para describir el comportamiento innovador. Su análisis se limita a comprobar, en los casos empíricos que es- tudia, la ocurrencia del fenómeno de violación de normas sociales. En cambio, en el presente ensayo tiene importancia remarcar que el pragma- tismo y el mercantilismo no implican necesariamente (ni tampoco son equiva- lentes a) los actos que infringen las normas. Son más bien actitudes que pre- disponen a ello y que, bajo determinadas condiciones, conducen a transgre- dirlos, siempre y cuando el actor los visualice como escollos, frenos, restric- ciones o impedimentos al logro del fin perseguido. Este par de conceptos guarda cierta afinidad con el esquema teórico propuesto por Bruno Kervyn 3 para describir el comportamiento social que involucra la adopción de decisio- nes económicas. Sostiene este economista que las normas sociales irrogan un doble costo a los actores: el costo marginal, derivado de la proscripción de determinadas opciones que podrían ser más rentables para el individuo; y el costo real, manifiesto en la aportación de recursos que requiere el manteni- miento de las instituciones cauteladoras de las normas. 3. Kervyn, Bruno, Campesinos y acción colectiva, Cusco: Centro de Estudios Rurales Andinos Bartolomé de las Casas, 1990. 40 Apuntes de Estudio Así, el cumplimiento de las normas sociales es un asunto que el actor somete al cálculo del costo-beneficio. Si la observancia y mantenimiento de las nor- mas tiene un costo menor al de las utilidades que se obtienen sujetándose a sus prescripciones, la norma tiene altas probabilidades de ser obedecida. Por el contrario, si esta proporción es inversa, el actor propende a transgredirla. En principio, este cálculo permite la aparición del oportunismo. Con esta ex- presión designa Kervyn a los actores sociales que, tras haber evaluado sus costos y beneficios, deciden violar las normas, es decir, aumentar sus propias utilidades imponiendo sobrecostos o externalidades a los demás. Sin em- bargo, como bien puntualiza Kervyn, esta posibilidad, este probable curso de acción, puede quedar neutralizado si, de acuerdo con la percepción del presunto oportunista, las sanciones negativas que le impondrían las institu- ciones de control fueran más perjudiciales que los beneficios que proyecta lograr con su acción violatoria. Pero, nota al margen, pensemos en un sistema judicial como el peruano, cuya capacidad de control es ínfima, y se compren- derá mejor la extensión del fenómeno en nuestro país. Como se puede apreciar, el “achoramiento” podría ser solamente un nuevo nombre para un antiguo y ahora muy extendido fenómeno social de efectos anómicos. Se puede sostener la hipótesis que se ha tomado un concepto fol- clórico para encubrir una deficiencia de carácter estructural, característica de una civilización que ha terminado por hacer del dinero un fin y un medio ab- solutos. Y si consideramos el momento histórico de creciente globalización, se puede afirmar que el comportamiento “achorado” no nace de las clases po- pulares, sino que nos viene como la difusión de un patrón cultural y una men- talidad propios del capitalismo occidental en su fase de acelerada tecnifica- ción y consolidación mundial. Apoyando esta reflexión, Toffler nos advierte sobre la base estructural que el capitalismo aporta al comportamiento anómico llamado de manera folclórica “achorado”: “No hace falta ser marxista para estar de acuerdo con la famosa acusación del “Manifiesto Comunista” de que la nueva sociedad no dejó más nexo entre hombre y hombre que el desnudo interés, que el inexorable 'pago en metálico'. Relaciones personales, vínculos familiares, amor, amistad, la- zos de vecindad y comunidad, todo quedó teñido o corrompido por el lu- cro comercial”4. 4. Toffler, Alvin, La tercera ola, España: Plaza & Janes S.A. editores, 1980, p. 54. La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 41 Es a este fenómeno que el mencionado autor llama “mercatización”. Hacia una hipótesis explicativa ¿Por qué aparece el “achoramiento”? ¿Cuáles son las condiciones que indu- cen a algunos actores sociales a adoptar esta estrategia de ascenso social? Robert Merton, en la obra ya citada, propone explicar la conducta innovadora (“achorada”) como el resultado de la incongruencia entre el valor, cultural- mente establecido, de éxito pecuniario y las restricciones que, operando en el plano de la estructura socioeconómica, limitan o impiden el ascenso de algu- nos grupos sociales hacia posiciones altas. En respuesta a esta contradicción, personas de algunas clases sociales, efi- cazmente socializadas y por ende imbuidas del espíritu de la cultura, adoptan y ponen en práctica el patrón innovador y se lanzan en pos del éxito económi- co a través de medios ilícitos. Merton observa que el “sueño norteamericano”, pese a que la cultura lo proclama como abierto a todos, independientemente de la posición socioeconómica de los individuos, no se puede convertir en reali- dad para los grupos sociales que, carentes de educación superior, recursos eco- nómicos y de influencia, pugnan en vano por acceder a las clases superiores. En efecto, su hipótesis parece dar cuenta satisfactoriamente de los casos em- píricos de innovación que registra en los grupos bajos de la sociedad norte- americana. Sin embargo, también constata la presencia de innovadores en las clases altas, principalmente entre quienes se dedican a las finanzas, cuyas operaciones fraudulentas no causan tanta indignación pública como los deli- tos de las mafias del bajo mundo. En este sentido, la hipótesis de Merton no es consistente totalmente con el supuesto que los innovadores (“achorados”) sólo se encuentran en la clase baja. Cabría alegar, en defensa de esta hipóte- sis, que el éxito pecuniario es una variable que podría adoptar valores dife- renciales, según sea la clase social a la que pertenezca. Desde esta perspecti- va, la inconsistencia anteriormente mencionada no invalida la argumentación de Merton, ya que podría aducirse que el éxito pecuniario tiene para el 'finan- cista' un significado especial, diferente al del empleado u obrero, por ejemplo. El 'financista', evaluando su posición, bien podría considerar que sus logros efectivos no colman aún sus expectativas de éxito y, en consecuencia, podría avizorar la posibilidad de mejorarla, adoptando la pauta anómicamente inno- vadora, en el caso que las normas sociales impidan su propósito. La misma observación debe aplicarse a las normas sociales. Para decirlo directamente, 42 Apuntes de Estudio el 'financista' está ubicado en un escenario de actividad diferente al que perte- nece el obrero y, por tanto, las normas sociales que rigen en ambos contextos son distintas unas de otras. En una línea argumental similar a la de Merton, José Matos Mar 5 también se ha ocupado de esta temática. En su análisis del proceso social peruano duran- te la década de 1980, comprueba la ocurrencia de diversos casos que, si bien no los designa con el término “achoramiento”, cabría muy fácilmente incluir- los o asimilarlos a este concepto. Corrupción, soborno, chantaje, peculado, entre otros actos de transgresión de las leyes del Estado, aparecen consigna- dos como modalidades de enriquecimiento. Matos Mar considera que todos estos casos de “desborde” de la institucionalidad pueden explicarse a partir de dos constataciones. De un lado, el insuficiente crecimiento económico, sobre todo del aparato industrial que lejos de generar empleo masivo bien remune- rado, no sólo es incapaz de expandirse y eslabonarse con la agricultura y mi- nería, sino que, por el contrario, tiende a contraerse, expulsando trabajadores, mientras que el ingreso continúa concentrándose en reducidos grupos. Y, de otro, la presión ideológica que los medios de comunicación ejercen so- bre la población, al transmitir imágenes de éxito social y violación de normas, invariablemente ligadas al consumismo, entendido como la gratificación in- mediata y a cualquier precio de un deseo. Este desmesurado hedonismo se puede consignar también como un rasgo estructural de la mentalidad imperan- te. Lejos, muy lejos, estamos de la ética protestante y el espíritu del capita- lismo de los que nos hablaba Weber para explicar el origen del capitalismo. Si al rasgo hedonista le añadimos, aparte del “achoramiento”, la ideología darwinista que legitima la acción de fuerza en función de la sobrevivencia y el bienestar, como el mecanismo propio de la selección natural y la evolución, se tiene una configuración de mentalidad esencialmente desestructurante y desintegradora. Amat y León ha caracterizado muy bien esta situación sicoso- cial y socio-cultural anómica: “La nueva situación sociocultural está definiendo una cultura de mercado marcada por la agresividad, por la lógica de: „tengo que aprovechar a como dé lugar los milímetros de espacio que se me abren, porque si no la competencia me gana‟. Es una actitud de aprovechamiento individual, una atropellada carrera por el éxito vinculado al dinero, donde los dere- 5. Matos Mar, José, Desborde popular y crisis del Estado: el nuevo rostro del Perú en la década de 1980, Lima: Concytec, 1988. La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 43 chos del otro no cuentan para nada y valores como la generosidad, el al- truismo y la solidaridad son considerados absurdos... Bajo una apariencia muy civilizada, muy occidental y cristiana, las reglas de juego, que en realidad se utilizan, son el oportunismo, la agresividad -el bisturí ha re- emplazado al serrucho. Esto es lo que se ve en la empresa privada o el sector estatal que tiene el control político (...)”6. Se está ante una actitud maquiavélica, sostenida sicosocialmente por un sis- tema capitalista de rasgos salvajes, donde además existe la más nítida y noto- ria incongruencia entre la realidad de los ingresos y las aspiraciones de con- sumo para la mayoría social. Mientras que la ideología incita a la adopción de un estilo modernista, que requiere adquirir y lucir los más recientes bienes de consumo, el crecimiento económico, concentrado y excluyente, no permite a la mayoría de la población realizar tales expectativas. Como consecuencia de este desencuentro surge el desencanto, la desilusión, el sentimiento de frus- tración o fracaso, ese malestar de íntima insatisfacción, al constatar que no se es capaz de ponerse a tono con los imperativos sociales de éxito. Éstas son las condiciones que permiten el surgimiento de los actos de “desborde”. La hipó- tesis sostiene que los actos “achorados”, violatorios de las normas (corrup- ción, soborno, etc.), dimanan como respuestas activas no sólo del conflicto entre las expectativas del actor (socialmente inducidas) y la rigidez o estre- chez de la estructura económica (que impide el logro de esas metas), sino también de un contexto estructural e institucional en el que los propios acto- res sociales que detentan el poder (la gran empresa y el Estado) se comportan transgrediendo ellos mismos, de forma maquiavélica, normas éticas, demo- cráticas y sociales. Casos como los de la fábrica Luchetti, Telefónica del Pe- rú, Sedapal, Edelnor, ilustran comportamientos avasalladores que en pos del lucro no se detienen ante ningún costo humano, social o ambiental. En el lado del poder político, esta misma conducta referida a mantener el poder, trans- grediendo normas constitucionales, queda ilustrada por hechos como la inuti- lización práctica del Tribunal Constitucional, la privación de la nacionalidad de Baruch Ivcher o la neutralización y conversión en figura decorativa del Fiscal de la Nación. Reafirmando estos vínculos anómicos entre las empresas y el Estado, y vol- viendo sobre la argumentación de Matos Mar, conviene destacar un aspecto que frente a la teoría de Merton constituye una importante contribución. Ma- 6. Amat y León, Carlos, "La clase media: es todo y es nada", en Debate, No. 97, Lima: octubre-noviembre 1997, p. 20. 44 Apuntes de Estudio tos Mar sugiere que el “desborde” muestra características específicas, que de- penden de la clase social a la que pertenecen los actores. A este respeto alude, si bien brevemente, el caso del empresario nacional. Como se sabe, la inver- sión pública, al ofrecer oportunidades de ganancia a los empresarios, estimula la competencia entre las firmas para obtener la titularidad de los contratos. Tal competencia debe entablarse en el marco que establece la ley de licitacio- nes públicas. Esta institución, que formalmente cautela los intereses del Esta- do, resulta sistemáticamente vulnerada por actos de soborno de los empresa- rios, dirigidos a la obtención de la buena pro. Tomando la hipótesis de Matos Mar y la de Merton, cabe preguntar si las ex- pectativas frustradas bastan por sí mismas para inducir al actor a realizar ac- tos proscritos. Es cierto que la frustración aparece cuando la meta proyectada y activamente perseguida a través de determinados medios, no pudo ser al- canzada en el plazo y condiciones previstas por el actor. Al final de la acción o antes, si es que desiste de su propósito, el actor suele quedar sumido en un clima de emociones sufrientes: desaliento, abatimiento, tristeza y otros más, que constituyen las manifestaciones vivenciales de la frustración. Sin embar- go, es difícil de aceptar que este estado de conciencia por sí solo, desconecta- do de otras condiciones, pueda motivar al actor con suficiente intensidad has- ta el límite de inducirlo a realizar actos violatorios de las normas sociales. Apenas se necesita explicar aquí que las normas están resguardadas por me- canismos de control, principalmente las sanciones, que si operan con eficacia pueden disuadir o repeler la realización de actos transgresores. Por ejemplo, piénsese en el caso de un empleado bancario quien, pese a estar frustrado por la pésima remuneración a sus servicios, no ha concebido el pro- yecto de estafar al banco por temor a las represalias que pudieran sobrevenir. Por lo demás, aun suponiendo que el control social no fuera suficientemente eficaz y que las probabilidades de eludir el castigo fueran altas, todavía se re- queriría modificar el orden establecido mediante el empleo de recursos que bien podrían no estar al alcance de la persona. Nuestro bancario, sobrepo- niéndose al miedo, puede haber considerado factible cometer la estafa; pero para elaborar su plan, para fraguar ciertos documentos, repara en que requiere de la rúbrica del presidente del directorio, personaje inaccesible para un de- pendiente de bajo rango como el suyo. Los casos presentados al inicio de este trabajo parecen confirmar la conclu- sión que sugiere el análisis del ejemplo anterior. En todos ellos hemos com- La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 45 probado que los transgresores de las normas sociales son personas que, por su prestigio, poder, conocimientos y posesión de recursos, tienen capacidad para imponer su voluntad sobre la de los demás. No es cierto que la frustración por si sola, independientemente de otras condiciones, sea suficiente para inducir al actor a realizar tales actos. Se requiere, además, de otros factores distintos e independientes. Estas consideraciones muestran la necesidad de reformular la hipótesis en cuestión. Iniciemos su replanteamiento con la siguiente pregunta: ¿qué ocurre en el actor cuando después de haber estado abocado al logro de cierto fin de acuerdo con determinada estrategia, su acción no logra alcanzar el resultado buscado? Obviamente sobreviene la frustración, que se pone de manifiesto en la conciencia, en sentimientos de pena, congoja, frustración, venganza, etc. En otras palabras, el actor se siente decepcionado: creyó factible alcanzar la meta anhelada a través de un determinado curso legítimo de acción, pero a la postre fracasó. Su decepción puede conducirlo a concentrar su atención en la meta que se propuso o en los medios que aplicó para arribar a ella. En el pri- mer caso, cabe suponer que su reflexión descubra que la meta, a la luz del fracaso ya consumado, era realmente una aspiración desmesurada, un anhelo fuera de su alcance, una falsa esperanza. En el segundo, su experiencia vivida en el fracaso le mostraría que la estrategia segunda no fue eficaz. Ahora bien, como estábamos asumiendo que el “achorado” adhiere y hasta se identifica con las metas de éxito y que, en consecuencia, no está dispuesto a sustituirlas, cabe pensar que desde la frustración pondría en tela de juicio la efectividad de las normas, a las que sin éxito sujetó su conducta. Tal como ha mostrado Alfred Schutz 7 , la acción en el mundo de la vida coti- diana se basa en la idealización del “puedo volver a hacerlo”. Es decir, en el supuesto o creencia fundada en la experiencia del actor que las situaciones futuras son típicamente similares a las del pasado y que, por ende, ciñiéndose al mismo curso de acción que se siguió en circunstancias pretéritas, se verifi- carán similares resultados en el futuro. Cada vez que la acción, sustentada en esa creencia, logra alcanzar su meta, se refuerza la confianza o adhesión del actor a dicha creencia. Sin embargo, empezará a dudar desde el momento en que tras sucesivas actuaciones no obtenga los resultados previstos. En este caso, el asentimiento que se otorgaba a la creencia se resquebraja, pierde efi- cacia o potencia de arrastre, por así decirlo; y queda abierta la posibilidad de 7. Schutz, Alfred, Estudios sobre teoría social, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1974. 46 Apuntes de Estudio sustituirla por otra más confiable. La actitud de confiada creencia ante la norma empieza a ser sustituida por la suspicacia, crítica, duda; o, mejor di- cho, frente a ella se asume ahora la postura propia del cálculo que, sopesando los pros y los contras, decide aceptar o no sus dictados según permitan alcan- zar las metas propuestas. Esta posición pragmática es la que predispone o aumenta las probabilidades de realizar actos “achorados”, aunque, como que- da ya apuntado, en ausencia de condiciones propiciatorias o coadyuvantes, puede no llegar a plasmarse en actos transgresores. Podemos ahora reformular la hipótesis inicial. Dado un actor orientado al lo- gro del ascenso social, mediante la observancia de las normas institucionali- zadas pertinentes: si sus expectativas de éxito se frustran, su credibilidad y confianza en la eficacia de las normas es reemplazada por la actitud pragmá- tica, desde la cual podrá, dependiendo de condiciones favorables, considerar la posibilidad de transgredirlas si con ello prevé alcanzar sus propósitos. Nuestro planteamiento no asevera que los actos “achorados” deriven directa y necesariamente de la frustración, según sostienen Merton y Matos Mar. Se limita a establecer únicamente que a partir de la frustración se constituye esa actitud que hemos llamado pragmatismo. Es más, el pragmatismo, rasgo típi- co del “achorado”, no excluye que el actor siga ajustando su conducta a las prescripciones de la norma, al menos mientras ello sea congruente con sus intereses. Inautenticidad, ritualismo, inconsistencia conductual son algunos de los conceptos que se han enunciado para describir este fenómeno de incohe- rencia personal y esquizofrenia social. El sentido común, que no es ajeno a este tipo de experiencias, ha condensado esta clase de conducta en una expresión de uso bastante generalizado: “saludo a la bandera”. Todo acto o norma en la que ya no se cree por su probada inutilidad, pero que se realiza o cumple ritualmente, constituye un “saludo a la bandera”. Del diario El Comercio entresacamos la siguiente nota para ejemplificar su uso en un contexto determinado: “A su salida del Congreso, el representante x declaró a la prensa que el dictamen en minoría ya había sido elevado a la presidencia de la comi- sión. Acotó, sin embargo, que, a su parecer, tal acto era un ´saludo a la bandera´, teniendo en cuenta la intransigencia y obsecuencia de la ma- yoría” 8 . 8. El Comercio, Lima: 25 de enero de 1998. La cultura del “achoramiento”. Nueva estrategia de ascenso social 47 En sí misma, la actitud de considerar a las normas como un “saludo a la ban- dera” trasunta la creencia que el actor no cree en la eficacia de éstas para ob- tener, mediante su solo cumplimiento, determinados resultados, pese a que éstos deberían derivar de su observancia. En páginas anteriores recordábamos, con Matos Mar, la corrupción que cam- pea en las licitaciones públicas. En cierto sentido, podría considerarse a esta práctica como proveniente de la creencia en la ineficacia de estas normas. Los postores presentan sus respectivas propuestas, ajustándose estrictamente a las especificaciones estipuladas por el solicitante. No obstante, entre los compe- tidores es un secreto a voces que las proformas, por más que cumplan con los requisitos exigidos, constituyen un perfecto “saludo a la bandera”, si por vías subrepticias e ilícitas se consigue la preferencia del demandante mediante el soborno. Tan convencidos están de que las licitaciones son un auténtico “sa- ludo a la bandera” que, para aumentar sus probabilidades de éxito, le “sacan la vuelta a la norma”, comprando el favor del jurado calificador. Abriendo aquí un breve paréntesis, quizás sería interesante mostrar la cone- xión de esta expresión popular con otra frase que parece retratar, en tono de cínico humor, las consecuencias que podrían sobrevenir a quien cumple con las normas. A mediados de la década de 1980, más o menos, empezó a escu- charse con creciente frecuencia en las calles, radio, televisión y diarios, la si- guiente frase: “Tiene razón, pero va preso”. Era la época en que proliferaron por doquier los allanamientos de casas y locales públicos, las detenciones en la vía pública, los arrestos y hasta secuestros de ciudadanos supuestamente involucrados en acciones terroristas. Salvo muy pocas excepciones, nadie po- día sentirse seguro. Aun acreditando su identidad con la libreta electoral y mi- litar, era preciso tener suerte para librarse de ser conducido a comisarías y cuarteles. Satirizando estas arbitrariedades, los programas humorísticos de